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| Sophie Griotto |
El sábado pasado, doceavo cumpleaños de mi hijo, acabó el verano. Un
verano que como todo este 2012 tan oscuro, se me estaba haciendo muy largo. Ya
hacía días que tenía ganas de abrir el paraguas, de arrebujarme en una chaqueta
de tacto aterciopelado y de taparme en la cama hasta las orejas.
Es verdad que entristece que los días se acorten y que cada vez
haya menos luz, pero tengo que confesar que me encanta imaginar, al anochecer,
de vuelta del paseo con mi perro, la vida interior de mis vecinos tras las
ventanas iluminadas.
Me gusta rodar con la bici por las alfombras de hojas caídas en los
bosques, bailar, si se tercia, por encima y escuchar la música de la
naturaleza, recolectar castañas, bellotas, bayas, piñas y… setas si las llega a
haber. Tomarme el té bien calentito por las mañanas, mirando, resguardada tras
la ventana de mi cocina, el viento cada vez más frío, jugando con las hojas que
quedan en los árboles de enfrente. Ponerme calcetines y servirme una copa de
vino tinto al llegar a casa y que sea un placer y no un fastidio abrir la
puerta de casa y encontrarla caliente. Mirar como llueve fuera desde el sofá
del salón y taparme con la mantita de crochet de mi yaya.
Me gusta la sensación de “empezar el curso” y saber que siempre
puedes hacer cambios y proponerte cosas nuevas. Vagabundear por la biblioteca
del pueblo buscando libros con los que aprender nuevos conocimientos; comprar,
coger en préstamo o intercambiar con los amigos las novedades literarias de la
temporada; afilar los lápices y desempolvar el bloc de dibujo, para este año
sí, hacer ese curso de ilustración; informarte de sitios donde aprender nuevas
disciplinas corporales y asistir a las primeras sesiones gratuitas antes de
tomar una decisión. Tener nuevos horarios familiares y adecuar nuestras vidas a
ellos, aprender nuevas recetas, este año hemos decidido hacer nuestro propio
pan, por ejemplo, y proponerte nuevos retos… DECIDIR que queda mucha vida,
ahora mismo y por delante y que ahí está para que le hinquemos el diente en
este mismo momento, no dejando nunca de intentar ser intensamente felices con
lo que hay y con todo lo que, con esfuerzo, siempre esfuerzo, podemos
conseguir.
Esta mañana en el tren, camino al trabajo he recordado una
temporada, muchos años atrás, en que por circunstancias que no vienen al caso,
mi añorado padre y yo estuvimos varios meses sin vernos ni hablarnos. He
recordado con todo detalle el momento del reencuentro, también en esta época
del año, principios de otoño, el frescor de aquella mañana y al llegar yo a
casa, también en un tren de primera hora, casi amaneciendo, el placer de encontrar
a mi padre, ya levantado, esperándome en la puerta con su sonrisa tímida y un
café con leche recién hecho para mí. La calidez de su personalidad, la
generosidad, humildad, bondad y entrega que nos dedicaba, el respeto por todo
lo que le rodeaba y su eterna fascinación por la naturaleza, son la herencia
permanente que ya siempre me ha acompañado a pesar de su dolorosa
ausencia.
Los cambios de estación en la naturaleza son momentos de cambio,
de renovación, de mutación de piel o de muda de pelo. Salgamos a zambullirnos
en los síntomas del cambio y aprovechemos para regenerarnos profundamente,
levantemos la cara a la lluvia, dejemos al viento revolvernos el pelo, al agua
fría del mar ponernos la piel de gallina, desempolvemos un poco nuestros
sentidos dejando resbalar nuestras manos por las cortezas de los árboles,
abriendo los orificios nasales para percibir todos los olores de los bosques
mojados por la humedad del otoño, oigamos la música de la lluvia y el viento,
dejemos nuestra vista perderse en las formas de las nubes o en la compleja
simplicidad de la arena, degustemos los primeros moniatos al caliu, la primera sopa de cebolla de la
temporada, pero para variar, para variarnos y no aburrirnos de nosotros mismos
ni de este mundo tan lleno de cosas maravillosas, hagamos algo diferente de
este otoño…
Esta vez me acompaño de una copa de nuestro descubrimiento de este verano, un albariño seco, última botella que nos queda en la nevera, un Marieta de las Bodegas Martín Codax, de brillante color dorado-limón y con olor a melocotón, manzana madura y melón que en seguida te transporta a las ya un poquito lejanas sobremesas de verano, mientras escucho a The Black Crowes...
